No es fácil la vida de quien recuerda todo lo que sueña. Menos aun la de quien es conciente de que lo que está viviendo es un sueño. Lamentablemente, yo pertenezco a ambas categorías. Cada noche al dormir y cada mañana al despertar el dolor se apodera de mi alma. Existen en la esfera onírica solo dos caminos y de cada uno de ellos es imposible regresar sin sufrir.
Uno de ellos nos arrastra al infierno; en el toman forma nuestros peores miedos, incluso miedos que aun no conocíamos. Solo pensar en este tipo de sueños me hace desear no volver a dormir.
El segundo camino nos lleva al cielo. En este tipo de sueños, todos nuestros deseos se vuelven tangibles, los muertos vuelven a la vida y poseemos el poder de hacer volver realidad cualquier cosa a nuestro capricho. De este tipo de sueños; se vuelve aun más desdichado ya que sabemos que nuestros deseos vuelven a ser solo deseos, los muertos a ser solo muertos y recordamos también que nada sucede nunca a por capricho nuestro, si no de vaya uno a saber que ser universal.
Hay, según dicen, un tercer tipo de sueños en los cuales todo es normal, casi como si fueran un simple recuerdo, de los cuales no se vuelve ni feliz ni triste. Por mi parte envidio, si es que existen, a quienes tienen este tipo de sueños.


